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Arturo Baspineiro

13 April 2016 Sin Comentarios

El 18 de marzo del 2006 se cumplieron 10 años del fallecimiento de Arturo Baspineiro,desde  la comunidad Kairós compartimos con ustedes un artículo de Edgardo Moffat publicado en la Revista Kairós.

Revista  Kairós – 2006 – Nro 1
Edgardo Moffatt
Apalabrar la vida en papel y tinta

Charlar con Arturo era para mí placer y lucha. Nos embarcábamos regularmente en diálogos y discusiones, entre afligidos y esperanzados, ante la necesidad de repensar nuestro dolorido mundo según la práctica liberadora de Jesús. Más allá del contenido de nuestros acuerdos y desacuerdos, su manera de conversar y de brindarse como interlocutor me hicieron disfrutar mucho de ese valor escaso que es la hospitalidad. Arturo tenía en él mismo mucho espacio para mí. Por encima de las argumentaciones teológicas lineales, sabía rescatar símbolos y metáforas, se acercaba a su tema y lo rumiaba hasta descifrarlo y sentirlo propio. Fiel a su herencia cultural del noroeste argentino, representaba más un paradigma de sabiduría que uno de conocimiento, a lo cual agregaba la picardía y el humor de quien conoce bien «la calle». Muchas veces su sensibilidad tomó mis argumentos impacientes por sorpresa y me dio qué pensar. Esta sensibilidad continúa vigente en sus artículos, que muestran su esfuerzo por apalabrar la vida en papel y tinta. Inspirándome en sus escritos, resumo a continuación sus particularidades como pensador-caminante, capaz de marcar las diferencias entre el camino ancho y el camino angosto. Con esto, pretendo desafiar a los lectores a iniciar su propia «conversación» con él.

1. Arturo asumió el Reino de Dios como criterio de discerni­miento de los procesos eclesia­les e históricos. La mayoría se conforma con los criterios que difunde «la iglesiolatría» evangélica actual o con la aceptación pasiva de los eventos como si éstos fueran «voluntad divina».

2. Arturo vivió la iglesia local como un proceso intencional de construcción de comunidad en el seguimiento de Jesús liberador. La mayoría se adapta a los procesos de «domesticación» de personas que muchas iglesias practican en el nombre de Jesús, inhibiendo la espon­taneidad, la creatividad, la frescura y las redes relacionales que propicia el amor.

3. Arturo hizo dialogar su fe cristiana y el proyecto de igle­sia en el que participaba con los procesos colectivos que bus­can infundir esperanza en el pueblo y construir alternativas de vida en el barrio. La mayoría se siente más segura en iglesias «desconectadas de la realidad». Esta necesidad de segu­ridad explica la importancia casi exclusiva que se le da en muchas iglesias a la «agenda religiosa», pero también explica por qué se experimenta la irrupción del prójimo en dicha agenda como una intromisión o una profanación. La «santidad» de la agenda religiosa suele ser un paragolpes que el temor construye para no tener que dialogar con la agenda «mundana» que surge de las necesidades del barrio o de la sociedad.

4. Arturo estuvo dispuesto a entender que el crecimiento comunitario involucra procesos de aprendizaje de carácter personal, con ritmos distintos y proble­má­ticas diversas. La mayoría se somete a iglesias que reparten uniformes y etiquetas, que inhiben o se desentien­den de los procesos de aprendizaje personal.

5. Arturo y su comunidad «Fe y Vida» aceptaron el desafío de concebir el espacio eclesial como un llamado solidario y fraterno a la participación plena de todos, en palabra y en acción. La mayoría se somete a la gestión monopólica de la iglesia, sea de uno solo o de unos pocos, afirmando así lo que no se atreve a confesar con sus labios: que la iglesia tiene dueños, que no es de todos.

6. Arturo apostaba a los beneficios resultantes de la dialéctica que es preciso establecer entre la familia nuclear y la iglesia entendida como «familia de Dios», y entre ésta última y el barrio: una fertilización mutua de lo íntimo y lo público que es indispensable para buscar una síntesis creativa, integradora y humanizadora. La mayoría no alimenta esa dialéctica: experimenta la agenda eclesial y la agenda familiar como dos cosas desconectadas; o permite que la iglesia colonice el tiempo de la familia; o prefiere retraerse y convertirse en una familia endogámica, sin trascendencia comunitaria; o adopta esa doble moral que hace tanto daño: soy una cosa en casa (o en el barrio) y otra cosa en la iglesia.

7. Arturo pensaba que las iglesias necesitan articular críticamente la relevancia social y política del evan­gelio de acuerdo con las liberaciones históricas que surgen de la práctica concreta de Jesús. La mayoría prefiere pensar su proyecto eclesial en solitario, procurando que el objetivo de reunir mucha gente no sea obstaculizado por ningún llamado de atención respecto a las implicancias humanas, comunita­rias, sociales y políticas del discipulado cristiano.

8. Arturo señalaba la necesidad de que las iglesias fueran espacios locales crítico-constructivos, capaces de desmantelar «evangélicamente» la pedagogía implícita y explícita del imperialismo globalizado actual. La mayoría prefiere una religión mal llamada «evangélica», espiritualista y enajenante, cuando no cínica y violenta, «mimeti­zada» con la exitolatría del imperio y alejada del com­pro­miso solidario a favor de los pobres y sufrientes.

9. Arturo apalabraba las riquezas de la vida, su propia práctica cristiana, sus prioridades y sus sueños de tal manera que cual­quiera podía reco­nocer en él una subjetividad en busca de cohe­rencia entre el ser, el hacer y el decir. La mayoría prefiere super­poblar el supermercado de los discursos religiosos grandilocuentes, que en lugar de pro­mover el enriquecimiento de la persona, deman­dan obediencia irrefle­xiva incon­dicional y luego fragmentan, deterioran y adelga­zan la subjetividad humana al punto de la anorexia.

Arturo supo apalabrar el «camino angosto comunitario» en papel y tinta, y mostró con su vida que dicho camino era transitable. Me siento muy agradecido.

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